La característica de Dios es ser Santo.
Su naturaleza es la santidad y su Espíritu es tan santo que lo llamamos el “Espíritu Santo”.
En el Antiguo Testamento se habla claramente de la santidad de Dios, aunque a veces parece lejano e inimitable.
Los coros angélicos cantan continuamente ante Él: “Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6,3).
El Levítico nos dice: “Sed, pues, santos para mí, porque yo Yahveh soy santo Y os he separado de entre los pueblos para que seáis míos” (20,26). También Oseas nos habla de la santidad de Dios: “En medio de ti yo soy el Santo” (11,9).

Cuando Dios se presentaba mediante las “teofanías”, el pueblo de Israel lo reconocía por sus manifestaciones todas ellas “santas”, es decir muy “por encima de las criaturas y separado de todo lo contaminado e imperfecto” que hay en este mundo.
Muchas veces estas manifestaciones (teofanías) venían acompañadas de grandiosidad, de rayos, terremotos, etc. lo que asustaba a la gente y producía en ellos temor a todo contacto con la santidad divina. Jesús cambió esta manera de pensar mostrándonos el verdadero rostro del Dios que es tres veces santo, pero al mismo tiempo cercano como un Padre, “Padre suyo y Padre nuestro”.
Jesucristo es el Santo
Marcos (1,24) pone en boca del mismo diablo estas palabras dirigidas a Jesús: “Sé quién eres tú: el Santo de Dios”. San Pedro dirá a Jesús: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,69). Jesús es Santo porque tiene la misma naturaleza que el Padre celestial, de la que hemos hablado y es uno también con el Espíritu Santo.
El arcángel Gabriel le dijo a la Virgen que su Hijo “será Santo y llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35).Ante Jesús, Pedro y otros muchos, se sienten pecadores. Después de la pesca milagrosa, Pedro se echa a sus pies, diciendo: “Aléjate de mí Señor que soy un hombre pecador” (Lc 5,8).
Esa santidad de Jesús, y su semejanza con Él, aflora en la última cena hablando con Felipe cuando le dice: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre… creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.
La santidad es un mandato
Como buen Padre, Dios desea que sus hijos se parezcan a Él. Pero no se trata de un simple deseo o un consejo. Su amor lo lleva más- lejos y emplea el verbo en el tiempo imperativo, es decir, un verbo que indica mandato.
Él quiere lo mejor para nosotros: En el Antiguo Testamento Dios dice a Moisés: “Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: “Sed santos porque yo Yahveh, vuestro Dios, soy Santo” (Lv 19,2).
En Mateo (5,48) leemos las palabras que cito en la introducción: “Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial”. Y nos enseña unos detalles prácticos para que entendamos cómo ha de ser la perfección: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos”.
Por su parte San Pedro (1 P 1,14-16) nos habla también de esta exigencia de nuestro Creador diciendo: “Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura, seréis santos porque Santo soy yo”. Cuando San Pablo escribe a los Tesalonicenses les dice: “Ésta es la voluntad de Dios: Vuestra santificación” (1 Ts 4,3). Y a los Efesios (1,4) les explicaba que el Señor los escogió mucho antes de crear el mundo: “Para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor”. También a los Colosenses les escribe: “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia”(3,12).
Está, pues, claro que si quieres a tu Padre del cielo, debes procurar con todas tus fuerzas, ser santo para parecerte a Él.
¿Qué es la santidad?
Juan Pablo II decía en una homilía (3-9-00): “La santidad es relación profunda y transformadora con Dios, construida y vivida en el compromiso diario de adhesión a su voluntad.
La santidad se vive en la historia y ningún santo está exento de las limitaciones y condicionamientos propios de nuestra humanidad.
Al beatificar a un hijo suyo, la Iglesia no celebra opciones históricas particulares…, sino que lo propone como modelo a la imitación y veneración por sus virtudes, para alabanza de la gracia divina que resplandece en ellos”.
La santidad es la participación en la vida divina. Se trata de un regalo, el más grande que nos ha hecho Dios y, porque es regalo, se llama “gracia”.
Dios es, por naturaleza, Santo y quiere que lo imitemos. La santidad viene de Dios.
Él es Santo y fuente de santidad. Su perfección es única y total.
Ese Dios, tres veces Santo, ha entrado en la historia humana y la ha llevado a su plenitud.
Esto sucedió en la encarnación cuando la santidad, viniendo de Dios Padre, se derramó en Cristo y se extendió, por medio de Él, a toda la humanidad y a la misma creación.
Ese paso se hizo por medio del Verbo que se encarnó como prueba de amor del Padre y, por Jesús, pasó a la Iglesia:
“El cristiano, santificado en Cristo (1 Co 1,2), está llamado a santificarse cada día más (1 Ts 3,13), a unirse más profundamente con Dios y en Dios, con la humanidad y la creación enteras, hasta que llegue el final de la historia… y el Señor Jesús sea glorificado en sus santos (2 Ts 1,10) Y Dios sea todo en todas las cosas (1 Co 15,28). La historia humana es, en este sentido y en última instancia, historia de la santidad”. 
Vivimos en el tiempo y en la tierra que al ser “tocados” con la encarnación del Verbo han quedado santificados.
Tierra y tiempo, desde entonces, están en función de la santidad. Por eso Jesús decía a la Samaritana: “Los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad”.
Al hablar de santidad no debemos pensar que se trata de hacer cosas raras porque el mismo Dios no es raro.
Como la santidad de Dios es infinita, cada uno tiene que encontrar su propio camino de santidad.
Esto explica la gran variedad de santos que ha habido y habrá en la Iglesia de Jesús. En cada uno de ellos hay un poquito de lo que es Dios, ya que la santidad es compartir la vida de “el Santo” y actuar según Él.
Precisamente, para que pudiéramos conocerlo mejor, el Verbo se hizo tan cercano que pasó como uno más entre los hombres. Aunque la santidad se conoce por sus frutos frecuentemente los hombres no descubren a los santos que tienen cerca de ellos (posiblemente porque tienen los ojos sucios). “Pero la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón” (lSm 16,7). Es Dios quien conoce y aprecia los esfuerzos que hacemos para seguir el camino de la santificación. Por eso no debemos desanimarnos nunca. Además tengamos ya en cuenta que “Esta santidad grande que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada”.
¿Quien santifica?
Es el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, quien nos santifica.
Precisamente la pa1abra “santo”, “santidad” viene de Él. Debemos agradecer al Espíritu Santo porque Él es la cercanía de Dios y todo lo que Dios ha querido regalar a la humanidad entera y a cada uno de nosotros, nos lo da por medio de su Espíritu Santo.
San Pablo les dice a los Tesalonicenses que Dios les ha llamado a la santidad y quien la desprecia no desprecia a un hombre sino a Dios que les hace el don de su Espíritu Santo (ver 1 Ts 4,7-8).
Por otro lado, dirigiéndose a esta misma comunidad les da a conocer que él da gracias a Dios: “Por vosotros, hermanos amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación, mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts 2,13).
Dios nos regala el Espíritu Santo a todos, y sin medida, para que podamos tener esta fuente de santidad que todos necesitamos (ver Jn 3,34).
y si el Espíritu Santo es un don de Dios, Jesús, en el Evangelio de San Lucas (11,13) nos aconseja que pidamos al Padre este Espíritu Santo ya que Él nunca lo niega a quienes se lo piden. Si la gracia nos hace hijos de Dios es debido, precisamente, a esta presencia del Espíritu Santo en nosotros, como nos enseña San Pablo: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, pues, no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que os hace clamar: Abbá, Padre” (Rm 8, 14ss).
Es, pues, el Espíritu Santo quien nos da la certeza de que somos hijos de Dios por medio de la gracia que nos santifica.
Desde ahora conviene tener muy presente: Si queremos ser santos y muy santos, tenemos que ser amigos, muy amigos del Espíritu Santo. Tú eres persona y Él también es una Persona muy especial (¡Jesús Dios!) que quiere ser tu amigo y descubrirte todos los tesoros de Jesús. Por eso Juan Pablo II nos advierte: !’ “Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo” (RM 5).
Terminamos esta serie de citas con esta hermosa frase de San Pablo a los Corintios (1 Co 6,11): “Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”.